Cómo consolidé una práctica diaria de journaling y tarot (sin forzarla)

Durante muchos años he tenido el anhelo de sostener una práctica diaria de journaling. Escribir siempre ha sido importante para mí, pero con el tiempo se fue convirtiendo en algo que aparecía sobre todo en momentos de máxima tensión, saturación o dificultad. Escribía cuando ya no podía más.

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A lo largo de los años probé prácticamente todos los sistemas posibles: bullet journal, agendas estructuradas y en blanco, diarios japoneses, cuadernos libres, aplicaciones sin número, listas de to do, métodos de productividad de todo tipo. Algunos funcionaban por un tiempo, otros no. En ciertos momentos, especialmente cuando estaba en ambientes intelectuales o de estudio, me resultaba más natural escribir y comentar mi día.

Sin embargo, muchas veces el diario se convertía en un rosario de calamidades, pues solo escribía para aliviar la tensión del cuerpo. No siempre era agradable escribirlo ni releerlo después. La agenda terminaba siendo un recordatorio constante de los malos momentos, y eso acababa alejándome de la práctica.

Durante años mantuve el deseo de tener un diario sencillo, cotidiano, ligero. Algo que, curiosamente, parece más fácil en la adolescencia que en la vida adulta. La adultez trae responsabilidades, rutinas rígidas, falta de tiempo, y , algo fundamental, falta de vacío. No solo vacío de tiempo, sino vacío emocional.

Intenté forzar el hábito muchas veces: listas de objetivos, resoluciones de año nuevo, el clásico “esto es lo que debería hacer”. Pero mi estilo de vida, mis responsabilidades y mi rutina no dejaban espacio real. No tenía un espacio físico dedicado, ni tiempo disponible, ni el estado interno necesario para sentarme a escribir sin que eso se sintiera como una carga más.

El momento del vacío

Hace dos o tres años , y especialmente en el último año, algo cambió. No de forma voluntaria ni planificada. Muchas estructuras de mi vida se derrumbaron: situaciones, personas, dinámicas. Entré en un momento de pausa, de vacío, de introspección profunda. No fue buscado, pero fue real.

Y fue ahí, casi sin darme cuenta, donde empecé a consolidar una práctica diaria de journaling. La clave fue precisamente esa: no forzarla.

La carta diaria de tarot como ancla

Todo comenzó con una práctica muy sencilla: sacarme una carta de tarot cada día. Durante mucho tiempo ni siquiera la escribía; a veces la retenía en la memoria, otras la anotaba en un papel suelto. Lo que sí hice con más regularidad fue registrarla en la aplicación del calendario del móvil: simplemente anotaba la carta del día, nada más.

Con el tiempo, ese registro se fue acumulando. Semanas, meses, incluso años. De vez en cuando volvía atrás y observaba qué cartas se habían repetido, qué patrones aparecían. Ese ejercicio, aunque breve, ya era una forma de diálogo conmigo misma.

Más adelante empecé a usar una agenda física que me regaló una amiga. Al principio la usaba de forma esporádica. No lograba sentarme todos los días; se sentía como un esfuerzo, como una sobrecarga más. Si llovía, si estaba cansada, si el día era complicado, la práctica se caía.

Hasta que, en este momento de mi vida con más espacio vacío, algo encajó.

El formato importa (mucho)

La agenda tenía un formato muy sencillo y minimalista. Cada página estaba dividida: unas pocas líneas para la mañana y unas pocas para la noche. Nada más. Eso fue crucial.

No tenía la sensación de estar “haciendo poco”. No había una página en blanco enorme exigiéndome llenar algo que no tenía. Podía escribir una sola línea , o incluso una palabra, y eso ya estaba bien.

Empecé anotando solo la carta del día y, a veces, dos o tres palabras clave. Luego, de manera natural, empecé a añadir pequeños eventos:

“Hoy salió La Torre, y efectivamente el día fue abrupto.”
“Hoy salió el Cinco de Espadas; hubo conflicto interno y una discusión menor.”

Sin esfuerzo, empecé a relacionar la carta con lo vivido. A veces era un mensaje molesto, un comentario incómodo, una sensación interna. Bastaba una frase.

Con el tiempo, escribir se volvió más fácil. Al cabo de los meses, el espacio de la agenda empezó a quedarse pequeño. No porque me lo propusiera, sino porque el cuerpo ya estaba acostumbrado a expresarse.

Menos fricción, más constancia

Otra clave fundamental fue el lugar. No puse la agenda en un librero, ni en una mesa de estudio, ni en el dormitorio. La coloqué junto a las cartas de tarot en una mesita baja, al lado del sillón donde me siento cada mañana.

No tengo que levantarme, ni prepararme, ni “ponerme en modo escritura”. Me tomo el café, saco una carta, abro la agenda y escribo. Hoy es un reflejo automático.

Cuando intenté cambiar a un cuaderno completamente en blanco, la práctica se volvió más pesada. Visualmente había demasiado espacio, demasiada libertad. Eso, paradójicamente, me generaba ansiedad, presión y una sensación inconsciente de fracaso. Volví al formato estructurado y la fricción desapareció.

De hábito a necesidad

Nunca fue una práctica de treinta minutos. Nunca llené páginas enteras. Precisamente por eso se sostuvo.

Con el tiempo, se sumaron otras cosas: un cuaderno de sueños, otro diario más extenso, distintas agendas para distintos proyectos. Pero todo nació de esa práctica mínima diaria: una carta, unas líneas, sin exigencia.

Ahí entendí algo importante: no se puede hacer todo de golpe. Hay prácticas que necesitan tiempo, maduración y condiciones adecuadas. Cuando no se fuerzan, cuando el cuerpo encuentra comodidad, belleza y cercanía, dejan de ser hábitos y se convierten en necesidades.

Hoy no escribo para ser mejor persona, ni para optimizarme, ni por disciplina. Escribo porque necesito explicarme el día, dejar un rastro, recordar. Porque es un espacio de expresión y recreación, no una obligación más.

Me tomó años llegar aquí. Años de intentos, de sistemas fallidos, de presión innecesaria. Pero ahora la práctica es sencilla, liviana, y sé que , aunque la vida se complique, esta forma mínima de sacar una carta y escribir unas líneas probablemente se quedará conmigo.

Porque es fácil.
Porque no exige.
Porque no pesa.

Y eso, al final, fue la verdadera estrategia.

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