Ishtar y los arquetipos femeninos: entre mito y tarot.
Ishtar, la diosa mesopotámica vinculada a la estrella de Venus, encarna al mismo tiempo la seducción del amor y la violencia de la guerra. También conocida como Inanna en su matriz sumeria, esta deidad es una figura poderosa, compleja y ambivalente.
En los panteones de las tradiciones religiosas más antiguas, los dioses y las diosas suelen encarnar un espectro emocional complejo y diverso. Por ejemplo, la delicadeza de lo sensual puede coexistir con el poder destructivo de una pasión colérica. Esta capacidad de oscilar entre extremos y recorrer todos sus matices intermedios es algo que me seduce enormemente de las antiguas deidades, y en particular, de las femeninas.
Al observar nuestros arquetipos modernos, el contraste es evidente. En la tradición occidental moderna, los arquetipos en general, y los femeninos en particular, han sido simplificados en extremos. En el caso de las mujeres, aparecen: pureza virginal, maternidad sacrificada, o la estigmatización de la bruja o la mujer deseante. Esta reducción contrasta con la riqueza de las diosas antiguas que en todas las latitudes, incluyendo las culturas europeas antiguas, eran figuras complejas, tan capaces de actos sublimes como de los más ridículos y violentos.
El tarot conserva imágenes femeninas poderosas (La Sacerdotisa, La Emperatriz, La Fuerza, La Estrella), pero rara vez les permite portar el estallido de lo destructivo o la violencia sagrada. La Torre, La Muerte, El Diablo encarnan destrucción, pero no a través de lo femenino.
Traigo, pues, la figura de Ishtar como puente iconográfico, que funciona como posible marco simbólico para las cartas de La Estrella y La Fuerza. Ishtar, siempre joven, siempre hermosa, reina y enamora, ama y traiciona, y se preserva a sí misma por encima de todo.
Ishtar es diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad, y también de la guerra y el poder. Se representa con la estrella de ocho puntas, emblema asociado a Venus (lucero), motivo que también aparece en el tarot. Asimismo, Ishtar cabalga sobre un león, uno de sus animales asociados y feroz compañero.
En los mitos, Ishtar ama con intensidad, pero en algunos relatos su amante Dumuzi desciende al inframundo como su sustituto para el sacrificio: un recordatorio de que el deseo y la muerte no están tan lejos. Ishtar encarna esa sensualidad seductora pero que no se pliega al amor ni a los amantes, vengativa, fría y capaz de sacrificar en aras de su propia salvación y realización. Ishtar ama y traiciona, protege y destruye, reina y se entrega.
En la desnudez de La Estrella y en la mujer que doma al león en La Fuerza, resuena algo de Ishtar: vulnerabilidad y ferocidad conviviendo en un mismo arquetipo. La Estrella: desnudez, entrega, transparencia que remite al lucero de Venus de Ishtar. La Fuerza es esa mujer que domestica al león, lo que hace eco de Ishtar como señora de los leones. Esta semejanza es obviamente simbólica y no afirmo una herencia histórica directa; hablo de resonancias iconográficas que requerirían un estudio más profundo del que cabe en estas líneas.
Quizás Ishtar nos recuerda que la fuerza no siempre es dulcificada ni domesticada: a veces es el rugido del león interior que se desata para defender lo que somos. Recupero a Ishtar como modelo que equilibre entrega y fuerza, una idea de que lo femenino (y lo humano en general) necesita reconocer también lo destructor como parte de lo vital.
La combinación de las cartas de La Estrella y La Fuerza puede, pues, hablarnos de transparencia y de la entrega, pero sin delegar poder ni ofrecerse en sacrificio. Puede hablar de la necesidad de dar, pero también de quitar si el contexto lo exige. El león de Ishtar no está domesticado: está controlado y dirigido. A veces, la vida exige desatar los leones internos, aunque estemos desnudas y despojadas, aunque hayamos dado, entregado y servido… La fuerza leonina no es solo domesticación, sino también empuje, ataque y defensa.
