La transformación interior es profunda, voluntaria pero, al mismo tiempo, radical. En este proceso, la persona emerge como prioridad absoluta.
Por ello, los viejos esquemas se arrasan. Las cabezas de los reyes caen junto a las idolatrías, las falsas creencias y las estructuras obsoletas que ya no sirven. Es un derrumbe necesario, una liberación de máscaras que, finalmente, se desploman.

Este proceso implica desenterrar lo que ha estado oculto durante tanto tiempo. Supone una puesta al desnudo de la persona y de sus vulnerabilidades más profundas, un acto que, aunque desafiante, permite la conexión con el ser auténtico y la esencia verdadera de cada individuo.
La acción en este contexto no es pasiva ni suave. Es violenta en su intensidad, cargada de impulso, fuerza y una voluntad implacable de actuar. Se necesita coraje para avanzar en este camino, donde cada paso exige una confrontación con lo que somos y con lo que queremos ser.

